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Artículos

El sueño de Diosco
Por Frank Correa
29 de junio de 2012


Frank Correa
Delegado de La Habana
Consejo Unitario de Trabajadores Cubano

Dioscorides Cisneros acaba de vivir un sueño  que  duró siete días. Su hermana vino de visita a Cuba, luego de diez años de exilio. Alquiló un  auto y lo llevó a pasear por toda la isla.

Diosco, como le llaman de cariño, es  albañil en  un continente de la construcción que labora levantando y reparando hoteles de turismo.  Siempre se ha quejado que el estado lo esquilma con sus bajos salarios y la intensa jornada de trabajo. Y luego que terminan la obra,  no  les permiten disfrutar   la instalación que con tanto esfuerzo y sacrificio han erigido.

Diosco siempre ha tenido  un sueño, que lo asiste  mientras  bate  la mezcla,  carga  los vagones llenos de arena y piedras,  corta  las cabillas, o descansa   después del almuerzo,  en espera  que suene  la campana que anuncia  el inicio de la jornada laboral. Su sueño consiste  en que un yuma se le para delante  y le dice:

--Traba, una tabla en fao --. (Toma, cien dólares) 

Su hermana, que es  traductora de francés y ruso,  y  además habla   italiano y portugués,  al regresar de  un viaje  de trabajo se exiló  en Canadá durante una escala, pero no le fue bien  allí, ni en   Milán, ni en Barcelona. Hace tres años  se radicó en  Suecia,  donde se casó y formó una familia.   Recientemente pudo  al fin  visitar la patria y  cumplimentar el sueño de su hermano. Le dio cien cuc  para que fuera al mercado  a comprar  comida.

Después de la fiesta de bienvenida y   las ropas nuevas, el reloj y los zapatos de marca, que transformaron a Diosco en otra persona, la extranjera alquiló un  Audi,  que según  palabras del albañil parecía una nave espacial, y partieron como una exhalación por la autopista nacional rumbo a  Varadero, Cienfuegos, Tope de Collantes,  Marea del Portillo, Santiago de Cuba, Guantánamo,  Baracoa...

Cuenta el albañil que durmieron  en casas rentadas  que parecían  hoteles,  y comían en los mejores restaurantes, visitaron   las mejores playas y  los mejores centros nocturnos, incluso   encontró novias en  varias  provincias.

--Nunca imaginé que Cuba fuera tan grande -dice el albañil,   parado en la esquina, mientras   intentaba vender  el reloj que su hermana le trajo de regalo.

El reloj es suizo. Y  costó cien dólares. Pero  Diosco sabe que no puede venderlo a ese precio. Ningún cubano le dará  una tabla en fao por él. Comenzó  pidiendo  veinte cuc, luego bajó a quince,  y  ahora dice que si aparece un  loco  con diez, se lo va a meter  por la cabeza. 

Su hermana  prometió que el año próximo volverá a Cuba. Mientras tanto Diosco ha regresado  al cemento, al vagón  de arena, a la cabilla, a la espera que su sueño se haga realidad otra vez.