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Artículos

Una anécdota socialista
Por Frank Correa
13 de abril de 2012


Un ex dirigente  ya  jubilado, me cuenta una anécdota de sus tiempos de Vice director de una hilandería de la capital,  especializada en confeccionar toallas y cortinas. Su historia  es una muestra inequívoca de cómo lo errores del burocratismo ha  dejado  escapar como agua en terreno baldío, un número de recursos a la economía muy difícil de cuantificar.

Dice el ex dirigente que  a principio de los años noventa,  Cuba  compró  a Suiza una hilandería  con   sistema  computarizado,  que sustituiría   el trabajo de  cincuenta y dos pequeñas hilanderías  diseminadas por todo el país, con  el vetusto método de lanzaderas,  de  roturas continuas y  método muy complicado  a la hora de determinar el lugar  donde el hilo había cedido .

A través de  aquella computadora se podía ubicar con total exactitud el campo y la línea donde sucedió  la rotura, además contaba con un  programa de diseño  para más de cien modelos de toallas, fundas, cortinas y  edredones,  figuras, colores y combinaciones, y un número significativo de mejorías  en la eficiencia y rentabilidad de la empresa,  cuando estuviera funcionando.

En un almacén  de las afueras de la ciudad se guardaron  las estructuras,  el tejado, las máquinas y los accesorios de la futura fábrica. El Ministerio de la  Industria Ligera  determinó que enviar un personal a Suiza para  capacitación, era más rentable  que  contratar los servicios de   técnicos suizos para el montaje y la  instalación.  Sin embargo quienes realizaron el viaje  al extranjero   fueron el Director y  el Vice Director de la empresa,  que no aprendieron nada.

El Director se hospedó en la residencia de un ingeniero suizo,  que se hizo su amigo y le mostró las bellezas patrimoniales del país nórdico,  trajo  álbumes de fotos y mucha nostalgia por  la nieve, la  buena comida y  el  buen vino. El  Vice Director fue hospedado en un hotel   y  contó a su regreso  que lo pasearon una sola vez  por las afueras de la fábrica,  ni siquiera entraron. Eso sí, le  recalcaron varias veces  que si la computadora  mostraba  algún   fallo, había que traerla a arreglar a Suiza. Por nada del mundo se les ocurriera tocarla.

A su regreso  a Cuba,  el día previsto para el inicio de las obras de montaje,  ambos dirigentes  confesaron  a  los inversionistas  que   de todas formas era imprescindible la contratación de los técnicos suizos.

Cuando llegaron al mes siguiente, de jefe venía el mismo ingeniero que hospedó en su casa al Director, quien  confesó  que  conocían  de ante mano  la costumbre de los dirigentes cubanos de agenciarse los viajes,  en lugar  de enviar obreros a capacitarse,  por eso no  perdieron  tiempo en  adiestrarlos,  tarde o temprano iban a necesitar  de ellos.    Volvió a recalcarle  que si la computadora alguna  vez presentaba un desperfecto, por favor, no la tocaran. Debían enviarla a  Suiza para revisarla.