Los encantos de La aldea

Frank Correa

El barrio marginal Romerillo se encuentra enclavado cerca de importantes sitios de La Habana, a menos de un kilómetro del Palacio de las Convenciones y el hotel Palco, a unas cuadras de la Quinta Avenida y enfrente del parque de diversiones Isla del Coco, antiguo Coney Island.

Famoso antes de la revolución por su vida nocturna, su cadena de bares y fritas, y los personajes atrapados en su efluvio: Marlon Brando y la tumbadora, Kid Chocolate y sus putas y el Chori, punto de enlace principal del folclor habanero de esos años con los visitantes extranjeros que buscaban juergas.

La revolución terminó con el Chori y los puestos de fritas, con los bares y el comercio del barrio, que empobreció más aún y comenzó a extenderse hacia el sur, con orientales que escapaban de sus provincias “huyendo de un fantasma”, y construyeron en cualquier espacio disponible hasta conformar lo que es hoy “La aldea”, ramificación de Romerillo detenida solamente por el muro de piedra del antiguo aeropuerto militar del cuartel de Columbia, hoy Ciudad escolar Libertad.

La aldea se suscribe a solo un par de kilómetros cuadrados, donde perviven en hacinamiento casi doce mil almas, sin alcantarillado, ni una correcta electrificación, ni las condiciones sanitarias adecuadas, colmado de ilegalidades propias de un sistema que las genera de forma natural, debido a leyes irracionales que engendra y conlleva que el mercado negro sea quien rija el comercio del lugar.

La vida en La aldea es de arrabal, vocerío, música alta, negocio, humo y bebida. Una de las vecinas más vieja de La aldea es Mercedes, cuenta que una noche en una reunión en el Palacio de las Convenciones, un ministro le dijo a Fidel que a unas cuadras de allí había un barrio marginal y Fidel no lo creyó.

“Al otro día La aldea amaneció tomada por asalto, habían guardias de verde olivo en todas las callejuelas, en los pasillos y hasta en la bodega, entonces apareció Fidel, tan grande que copaba todo el pasillo de Pititi, le dijo a uno que lo acompañaba; “Estoy hay que cambiarlo”. Después se fue y no se hizo nada, solo el Club de Computación y dos parquecitos”.

El año pasado se efectuó un concierto de Silvio Rodríguez en Romerillo, difundido por la televisión nacional, y solo los habitantes de La aldea advirtieron un detalle: “la tarima fue colocada de espaldas a La aldea y de frente a Quinta avenida, aunque seguramente sin ninguna intención”.

El artista de la plástica Kacho también es un degustador de este peculiar sitio de la geografía habanera. En Romerillo ha instalado su “Laboratorio para el arte” y conseguido que decenas de jóvenes, pegados a la pared exterior, en la calle, pernocten conectados a la red través de su maravilloso wifi, “una ayuda en la comunicación”, dice un joven con un blu mientras navega.

La reciente Bienal de La Habana atrajo hasta Romerillo a varios artistas de otras regiones del mundo, que dejaron sus huellas en collage, pinturas y expresiones culturales, que han terminado fundidas con la mística de este barrio marginal, “llamado tiernamente por el estado periférico”.

Una lámpara de pomos plásticos, un taxi almendrón convertido en tanque de guerra, rostros de Hugo Chávez y hasta un Che Guevara con Pilsen, argollas, aretes y peinado “el yonky”, cohabitan con la basura amontonada en las esquinas, las aguas albañales corriendo por la calle, las fosas desbordadas y el latido de doce mil corazones pujando por sobrevivir.

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